jueves, agosto 23, 2007
Peligro amarillo
En los medios de comunicación no se habla de otra cosa: estamos a punto de morir por envenenamiento colectivo por culpa de los productos del imperio de en medio. Basta con ponerse una camiseta, que un niño juege con un muñequito o que le pegues un lametazo a tu teléfono móvil (hay fetiches para todo) para que caigas fulminado por el malvado Fumanchú.
Lo que estas noticias parecen olvidar es que el nivel de (in)seguridad que ahora nos hace clamar al cielo era el que teníamos y aceptábamos hace unas pocas décadas. Si recordamos nuestras infancias seguro que estaban llenas de juguetes y productos que hoy serían considerados altamente tóxicos y directamente peligrosos. Mira que jugaba horas y horas con soldaditos de plomo (¡de plomo!) que metía en la boca (fijación oral, ya lo sé). Seguro que he inhalado kilos y kilos de pintura que caía como caspa de los cochecitos chungos con los que organizaba choques espectaculares y retenciones kilométricas. Mis juguetes estaban llenos de piezas pequeñas que podían (y vaya si podían) soltarse y obstruir vías respiratorias. El problema es que nunca lo hacían, se perdían. Qué práctico si hubiese podido sacar piezas de Exin Castillos del esófago de un compañero si nos faltaba una.
Y a pesar de todo esto, sobreviví. Aunque iba en bici sin casco por unas carreteras sin pavimentar, tomando atajos campo a través, jugaba en la calle o en el campo hasta las tantas, no tenía móvil para que me localizasen mis padres (quienes no preguntaban “¿dónde has estado?” sino “¿cómo te has puesto así?” cuando volvía). Una de mis rutas “de aventuras” favoritas me llevaba por un acueducto de una acequia que cruzaba un barranco a unos 10 metros de altura. El muro del acueducto por el que había que pasar tenía una anchura de menos de medio metro y el suelo del barranco era de cantos rodados. Y no hablemos de las veces que he jugado en casas en obras. Eso era el paraíso. Sin casco, por supuesto. O cuando hice una mezcla de productos químicos (el set lo había ganado en el cole, ahí queda eso) que me dejó el interior de la nariz destrozado durante medio día al inhalar los humos.
Ah, y alguien igual se acuerda de eso del aceite de colza, que nos mantuvo entretenidos un par de años…
Leyendo la prensa, hoy yo tendría que estar muerto o por lo menos mutilado. Más sentido común y menos histerismo, por favor.
Lo que estas noticias parecen olvidar es que el nivel de (in)seguridad que ahora nos hace clamar al cielo era el que teníamos y aceptábamos hace unas pocas décadas. Si recordamos nuestras infancias seguro que estaban llenas de juguetes y productos que hoy serían considerados altamente tóxicos y directamente peligrosos. Mira que jugaba horas y horas con soldaditos de plomo (¡de plomo!) que metía en la boca (fijación oral, ya lo sé). Seguro que he inhalado kilos y kilos de pintura que caía como caspa de los cochecitos chungos con los que organizaba choques espectaculares y retenciones kilométricas. Mis juguetes estaban llenos de piezas pequeñas que podían (y vaya si podían) soltarse y obstruir vías respiratorias. El problema es que nunca lo hacían, se perdían. Qué práctico si hubiese podido sacar piezas de Exin Castillos del esófago de un compañero si nos faltaba una.
Y a pesar de todo esto, sobreviví. Aunque iba en bici sin casco por unas carreteras sin pavimentar, tomando atajos campo a través, jugaba en la calle o en el campo hasta las tantas, no tenía móvil para que me localizasen mis padres (quienes no preguntaban “¿dónde has estado?” sino “¿cómo te has puesto así?” cuando volvía). Una de mis rutas “de aventuras” favoritas me llevaba por un acueducto de una acequia que cruzaba un barranco a unos 10 metros de altura. El muro del acueducto por el que había que pasar tenía una anchura de menos de medio metro y el suelo del barranco era de cantos rodados. Y no hablemos de las veces que he jugado en casas en obras. Eso era el paraíso. Sin casco, por supuesto. O cuando hice una mezcla de productos químicos (el set lo había ganado en el cole, ahí queda eso) que me dejó el interior de la nariz destrozado durante medio día al inhalar los humos.
Ah, y alguien igual se acuerda de eso del aceite de colza, que nos mantuvo entretenidos un par de años…
Leyendo la prensa, hoy yo tendría que estar muerto o por lo menos mutilado. Más sentido común y menos histerismo, por favor.